Paul Preuss (1886-1913)

“Si llegas a un punto de la pared que no puedes superar, o te desvías o te bajas, hasta que llegue uno que sea capaz de superarla en libre…”

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Paul Preuss nació en 1886 en la población de Altausse, en Austria, su padre era músico, de procedencia húngara, su madre francesa. La bibliografía refiere que su salud renqueaba en su infancia, aunque la misma habla que con 11 años andaba subiendo montañas de tres mil y pico metros. Creció en Viena y más tarde se trasladó a Munich a estudiar filosofía y biología, lo que le permitió impartir clases de botánica en esa misma universidad.

El alpinismo se desarrollaba en una Europa en plena revolución industrial, con un colonialismo en auge, con el desarrollo del movimiento obrero y el asentamiento de la burguesía en el poder. Los únicos que podían practicarlo era la aristocracia, la clase burguesa y los guías de montaña. Por supuesto, los pastores, cazadores y cristaleros seguían subiendo y bajando montañas por otras cuestiones.

Cuando parieron a Preuss hacía un siglo que el Mont Blanc había sido ascendido por el cristalero Jacques Balmat y el doctor Paccard, y desde entonces los alpinistas se habían ido encaramando una a una por las más importantes cumbres tanto de los Alpes como de la región de los Dolomitas.

Hablamos de finales del siglo XIX, pero no era el siglo lo único que toca a su fin, toda una época se iba desvaneciendo en Europa, la de la aventura y la conquista, la de pisar lo no pisado, la del descubrimiento, y empezaba otra nueva, la de la técnica y la dificultad. No sólo el dónde tenía importancia sino también el por dónde. El alpinismo necesitaba seguir girando y no iba a desaparecer ni iban a estar subiendo eternamente las mismas cumbres por los mismos sitios, así pues, surgieron nuevas motivaciones y nuevos estilos. Nuevas líneas más difíciles, más bonitas, más directas o simplemente diferentes a una misma cumbre seguían encendiendo la pasión de los escaladores.

El descubrimiento de nuevas tierras se trasladó a las montañas del Himalaya, mientras que en Europa las paredes verticales recibieron sus primeros asedios. Un buen ejempo, fue Frederick Mummery, que en 1879 lograba la arista Zmutt al Cervino y en 1881 ascendió junto a sus guías el Gran Chamoz de las Aiguilles de Chamonix. También viajó al Himalaya, donde murió en 1895 explorando cerca del Nanga Parbat.

“Los clavos eran escasísimos y sólo se usaban ocasionalmente en reuniones”

Otro gran alpinista de la época fue Luis Amadeo de Saboya que después de hacer grandes ascensiones en los Alpes viajó a Alaska para subir el Mt San Elias en 1897, más tarde en 1906 ascendió el Ruwenzori y en 1909 hizo un gran intento en el K2.

Por entonces, Henry Russel seguía recorriendo los Pirineos con pasión. El guía Celestine Passet abría la arista NO al pequeño Astazou, la pared N del Monte Perdido o el corredor de Gaube al Vignemale. Y Pedro Pidal junto con “el Cainejo” conquistaban el Pico Urriellu en 1904.

¿Pero como se subían a las montañas por entonces? Totalmente en libre. Por norma el primero de cordada se ataba la cuerda a la cintura, vestido con ropa de algodón, lana y pana, y botas de cuero, iba ascendiendo hasta llegar a un punto cómodo desde donde recogía cuerda y se afianzaba para asegurar al compañero con la cuerda por la espalda, hasta que este último llegara a la reunión y vuelta a empezar. Los clavos eran escasísimos y sólo se usaban ocasionalmente en reuniones. Los guías iban habitualmente delante y los clientes de segundo.

Sin embargo, dos grandes cambios se produjeron a finales del siglo XIX y principios del XX, uno de ellos fue que los escaladores al atreverse con paredes más verticales, se encontraban con zonas que no podían superar en libre sin otro aseguramiento que los salientes de roca, así pues comenzaron a usarse los clavos no sólo para las reuniones sino también para proteger pasos delicados y con el tiempo también para colgarse de ellos y poder superar un tramo, es decir, surgió la escalda artificial. El otro gran cambio que tuvo lugar fueron las primeras grandes ascensiones sin guía. Después de 100 años de relación guía-cliente este último empezaba a independizarse.

“Los clavos son ayuda de emergencia y no la base para la realización de una escalada.”

Poco más tarde surgieron los mosquetones que ya no obligaban al escalador a desatarse para pasar la cuerda por los clavos. Los propios movimientos sobre la roca y el hielo se perfeccionaron. Estaba naciendo el alpinismo moderno. Eso sí, las cuerdas seguían siendo de cáñamo.

Bajo este ambiente creció Preuss, aunque él no era de la opinión de generalizar el uso de clavos y eligió otro camino, el del purismo. Fue su decisión, pero ¿ qué era el purismo por aquel entonces? Preuss lo describe radicalmente en un artículo en 1912 ” Künstliche Hilfsmittel and Hochturen” en 6 axiomas:

1. Uno debe de estar igual de preparado que la expedición a la que se compromete, sinó por encima.

2. La dificultad real que un escalador puede hacer con seguridad, es aquella que puede destrepar y aquella para la que él se considere a si mismo preparado. Esto debería representar los límites en el intento de la escalada.

3. Por lo tanto, el uso de técnicas artificiales sólo llegaran a justificarse en caso de una repentina amenaza de peligro.

4. Los clavos son ayuda de emergencia y no la base para la realización de una escalada.

5. La cuerda debería usarse para facilitar las cosas, pero no como única herramienta para hacer posible una expedición.

6. El principio de seguridad es algo muy importante. No la espasmódica corrección de uno mismo cuando quiere seguridad mediante el uso de técnicas artificiales. La verdadera seguridad es el resultado de cada escalador cuando estima que és posible y qué desea hacer.

“El uso de técnicas artificiales sólo llegaran a justificarse en caso de una repentina amenaza de peligro”

Preuss afronta la escalada valorando el estilo como una filosofía personal, más allá de la ambición de escalar todas las paredes usando la técnica de artificial. Con esto renuncia a muchas ascensiones. Entiende la montaña como un terreno de juego para sentirse puro, y busca radicalmente esta sensación, esta vivencia.

Hay que hacerse cargo de lo comprometido que hay que estar con esta idea para mantenerla en tus escaladas y decretar que el uso de clavos habitual es una violación a la dignidad del alpinista y de la montaña. El mismo dijo: “hay una exigencia muy importante que es necesario tener en cuenta y esta es la educación del alpinista: hay que educar a los principiantes a frenar su amor propio hasta los límites que su capacidad permita; deben aprender a mantenerse elevados tanto en la moral como en su técnica “. Esta perspectiva de la escalada nos ejemplifica el cambio de mentalidad del escalador, que pasa de conquistador-aventurero a técnico-filósofo. La búsqueda de uno mismo en el movimiento y el abismo y no en la aventura, ha comenzado. Por estas afirmaciones, Preuss se ha consolidado a lo largo de los años como uno de los padres y defensores de la escalada libre.

Pero él era sólo uno más, posiblemente el más famoso de los que defienden el libre, aunque habría muchos otros escaladores que pensaban de la misma manera. Sin embargo, el purismo de Preuss era minoritario y el estilo que se afianza es el uso de clavos, cuerda y el desarrollo de técnicas diversas para afrontar nuevos retos de mayor dificultad. Manteniéndose en la vanguardia hasta los años 60 o 70 del siglo XX, cuando el libre vuelve a cobrar todo su protagonismo.

“Entiende la montaña como un terreno de juego para sentirse puro, y busca radicalmente esta sensación, esta vivencia.”

Hans Dufler, Tita Piaz, Angelo Dibona, G.W. Young, J. Knubel fueron los precursores de estas pequeñas ayudas, y digo pequeñas, pues entendámonos, no es que cosieran las vías de clavos como están actualmente, más bien meterían alguno en reuniones o en tramos complicados, vamos que una pared de 500m en mitad de los Alpes si metían 5 o 10 ya es exagerar.

Pero Preuss, no paso ni tan siquiera por ahí, sólo en emergencias, supongo que ya se las apañaría él para no verse con mucha frecuencia en esas emergencias. Aún más, como escalaba sólo con asiduidad, no tenía ni que hacer reuniones. Durante su carrera alpina se estima que ascendió unas 1200 vías, 300 de ellas en solitario, de las que 150 fueron aperturas. Las más conocidas son:

– Pared Oeste del Totenkirch en solitario.
– Pared Ete del Campanille di Basso en solitario.
– Pared NE del Crozon di Brenta.
– Doble travesia por 4 vías diversas del Cingle Dita.
– Travesia en solitario del Sassolungo.
– Chimenea Preuss a la Piccollisima di Lavaredo.
– Pic Gambe de la cresta sur de la Aiguille Noire de Peuterey.
– Cresta sur de la Punta Innominada.
– Cresta sur de la Aiguille de Savoire.
– Cresta SE de la Aiguille Blanc de Peuterey.

Entre otras muchas.

“Preuss asume que en su época no se pueda subir por un determinado sitio y deja a la gente del futuro esa responsabilidad.”

Es evidente que Preuss no sólo escalaba bajo su estricto estilo, pues también escalaría con gente de menos nivel (como su hermana) en paredes que requerirían cuerda para asegurar al segundo y dejaría que alguno o alguna de ellos escalara algún largo fácil de primero usando la cuerda. ¿Pero porqué Dufler acepta la nueva ola, porqué no renuncia, porqué no se limita?. Para ello debemos echar la mirada hacia atrás e imaginarnos como hubiera evolucionado la escalada.

Preuss alcanzaba una dificultad de V/V+ con sus métodos, superando el abismo en libre y sin seguros. Según su estilo, si llegas a un punto de la pared que no puedes superar, o te desvías o te bajas destrepando, hasta que llegue uno que sea capaz de superarla en libre, y conseguir así un hipotético VI grado y así sucesivamente hasta ir liberando mayores dificultades y graduándolas convenientemente, es decir, Preuss asume que en su época no se pueda subir por un determinado sitio y deja a la gente del futuro esa responsabilidad. ¿Qué consecuencias tiene este estilo? Renunciar a escalar paredes más difíciles a corto plazo, priorizar el estilo a la inventiva humana, asumir la peligrosidad… ¿Hubiéramos seguido alguno de nosotros la filosofía de Preuss? Hasta cuando hubieran tenido que esperar el espolón SE del Fire, la Zarathustra del Gallinero, la pared oeste del Naranjo… Cuántos escaladores menos habría hoy en día, cuántos clavos menos habría en las vías.

Es fácil comprender la postura del resto, la más difícil de entender es la de Preuss. ¿Acaso renunciaba a la gloria? No lo creo. Es como cualquier persona que busca la pureza, elige sus reglas, las asume y juega sobre ellas. El mundo del alpinismo sería totalmente diferente si en aquella época los escaladores hubieran escogido la tendencia de Preuss. Es otra manera de comprender esta actividad.

“El escalador renuncia a su ética para avanzar, Paul Preuss no cree en ese avance.”

El 29 de julio de 1911, Preuss se acercó al Campanille di Basso con su hermana y con un amigo, subió con ellos hasta la base de la aguja cimera, les dejó en un colladito y él después de atravesar hacia la izquierda una pequeña vira, escaló los 150 m de V de la vertical cara este del Campanille, sin cuerda, sin pitones, subió y bajo por el mismo sitio y se volvió a reunir con sus acompañantes, para volver a subir a la cima por la vía normal. Preuss tenía plena confianza en sus habilidades como escalador y en su fortaleza psicológica, requisito indispensable para asumir su estilo.

También en 1911, una semana antes de que Preuss subiera la cara este del Campanille, Angelo Dibona escalaba la pared N del Lalidererwand 800 m VI/A1 con ayuda de clavos. En este mismo año, el guía Knubel con G.W. Young ascienden la cara este del Grepón, la ” Grepón – Mar de Glace “, 900 m de pared vertical donde el paso más difícil es el último, la famosa fisura Knubel. Por lo tanto, qué es lo que aporta Preuss al alpinismo, ¿el fomento de un estilo austero, peligroso y limitante? Pues sí. Con todo lo que esto conlleva. El escalador renuncia a su ética para avanzar, Paul Preuss no cree en ese avance, su desarrollo va por otra parte, como escalador – filósofo gobierna su amor propio y sus ambiciones para sacrificar la dificultad por el estilo, pero no con pretensiones románticas sino más bien metafísicas.

El 3 de octubre de 1913 Preuss deja huérfanos a los defensores del libre, al despeñarse en plena ventisca de la cara norte del Mondlkoger cuando escalaba al más puro estilo. Como conclusión, apuntar que nuestro protagonista dejó en ascuas a la historia del alpinismo, pues tan solo tenía 27 años cuando murió, y no sabemos hacía donde habría tendido su filosofía con la edad y con más madurez. A todos nosotros nos gustaría pensar que habría sido tenaz con su ideología, pero quedará en el aire para siempre. En ese mismo aire perdurará su aura que respiraron, respiramos y respiraran todos los aperturistas a partir de su existencia, pues fijó unas posibilidades que no podemos olvidar.

Pedro Pascual de Anta

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